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Costas Tsoclis

Viví mi infancia en la amarillenta luz de una Atenas de tierra, que era para mí el principio y el fin del mundo.
Viví los años de la guerra y de la muerte, como un salvaje juego del barrio, sin conciencia alguna del por qué.

Viví el hambre y la desnudez, sin cólera, como una ley divina, inevitable.

Viví los años de la adolescencia, como una fiesta del arte y la dedicación y en estas empecé a entrever mi imagen.
En mis años de estudiante, admiración y amores, amistades y antipatías, contactos, egoísmos y pequeñas ambiciones suplantaron mi inocencia, empujándome a puntos extremos de pasión y desesperación, que me llevaron a los límites de la catástrofe personal, que, de milagro, no llegó.

Me fui al extranjero, a Roma, a París, a Berlín.

Al final de la década de los 70 mi existencia en el ámbito del arte europeo fue un hecho.
Mi hice con una familia, una hija, casa, estudio, coche, cuenta en el banco. Y después de veintisiete años volví a Grecia con una nueva identidad. El mismo nombre, la misma cara, pero yo ya era otra persona, en otro país ya, que al principio me opuso resistencia, pero que finalmente me volvió a aceptar como a su propio hijo. Muchos me han querido y muchos han sentido antipatía por mí o me han odiado. (¡Qué estupidez odiar, qué estupidez luchar con tu propia personalidad en otra parte!)

Al final gané. Pero no mi propio juego. Mientras yo jugaba en esta mesa, mi número salió en otra y me dieron las ganancias que yo no había perseguido. Grecia me ha ofrecido todos los honores y todas las amarguras que me podía ofrecer. Unas veces me han abierto caminos que sobrepasaban sus fronteras, volviéndome a llevar, por poco tiempo, a la actualidad internacional, y otras me han limitado, dentro de las fronteras, con lo que esto conlleva.

Uno da lo que tiene y tú decides. O lo coges o lo dejas.

Sin embargo, el recuerdo de la indigencia infantil y juvenil –mal consejero-, me llevó en su día a la glotonería, asegurándome con la pintura, a mí, un artista, una seguridad que jamás necesité.
Con todo, afortunadamente las ambiciones de un artista, me protegieron, llevando frecuentemente mi arte a la actualidad y tal vez al mañana y esto me mantuvo de pie, creo, incluso a nivel internacional.

Así que, una vez que acepté, siendo joven, mi helenismo como una realidad del destino y de haber vivido mis años de madurez como ciudadano del mundo, vivo ahora mis últimos años, como defensor del derecho, pero también de la obligación de toda persona cuyo deseo es intentar contribuir a la creación de una nueva pirámide cultural universal, que acabará suplantando las culturas locales. Y me entristezco porque veo que inevitablemente todas las virtudes locales y todos los defectos que no se incluyan a tiempo en esta pirámide, bajo la forma de una nueva necesidad, acabarán en baratijas turísticas que las comprarán como souvenirs fantasmas impersonales, en los falsos bazares de la humanidad.

Sin embargo, cuantas más puertas de un probable éxito queden abiertas a todos, tanto más difícil se convertirá el juego, más sucio, más conspirador, más implacable. Cada uno de nosotros tendrá como contrincante el mundo entero, ¡y cómo vencerlo! Esto nos conducirá a un silencio voluntario o a nuestra participación en espantosos crímenes colectivos u ojalá, a la creación de obras maestras. Pero ya no existe otro camino que el de la globalización. De luto y llorando por todo lo que dejo atrás, avanzo en esta inevitable realidad, con todo mi intelecto y la mitad de mi corazón.

Pedimos perdón por cosas que nunca hicimos y la vida no puede concedérnoslo, porque no ve la razón. Y es que no sabe qué perdonarnos. ¡Nosotros lo sabemos!

Maldito sea el conocimiento y la información, malditos los viajes que nos han hecho entender lo que pasa en el resto del mundo, admirarlo y envidiarlo, maldito progreso y sus ventajas, maldita riqueza que ha mermado nuestros deseos, maldito el “no” que ha ahogado nuestra locura en su nacimiento, maldito amor que nos ha castrado.

Y han quedado los amigos y nuestros verdaderos benefactores, los que nos hirieron, los que nos vencieron, los que con su indiferencia nos humillaron porque nos volvieron a hacer personas.
Mi más sincero reconocimiento.

En mi larga trayectoria, he aprendido un montón de cosas inútiles, que me igualaban a los demás y sigo ignorando aquellas que debería saber para diferenciarme, sin dejarme llevar con el instinto.

Ahora suplico a la inocencia que me vuelva a aceptar en su seno, prometiéndole fingidamente que construiré un simulacro de la inocencia, un espantapájaros, con los retazos del conocimiento y de la seducción, con los restos del arrepentimiento y de la abstinencia, que se le parecerá.

Me veo en el regazo de una osa, que mientras duermo, me dará calor o me comerá.
Hacemos arte porque dura más que nuestra vida. Hacemos arte porque también nosotros tenemos que hacer algo para existir. Queremos arreglar el mundo, removiendo ingenuamente sus pedazos y recomponiéndolos, creyendo que somos originales.

Aterrorizamos al mundo con nuestra sabiduría no probada.

Creamos seguidores y los conducimos a la nada, intentando vencer al invencible contrincante.

¿Dónde estás, Tsoclis, a tus 16 años? ¡Entonces que eras un verdadero artista!

Alma mía, tan sólo veías el resultado del esfuerzo, de las ambiciones, del compromiso, de la coincidencia, del talento. ¿No preguntabas por qué? No te dabas cuenta de las intenciones. Admirabas sin preguntar.

¿Dónde estás, Rafael? ¿Dónde estás, Rembrandt? ¿Dónde estás, Van Gogh?  ¿Dónde estáis, Goya, Cezanne, Fidias, Greco de mis años adolescentes... Móralis?