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Berlín ocupó un lugar extraordinario en la conciencia colectiva de las dos Alemanias entonces separadas por el muro, esa especie de depósito simbólico de crimen y venganza, abastecido por la mentalidad bélica y competitiva de la guerra fria. La situación de exclusión territorial e inclusión ideológica determinaba la realidad del enclave y también la de Berlin, capital de la RDA. La caida del muro en el 89 constituyó por tanto todo un acontecimiento, algo imprevisto e insospechado que exigió de la noche a la mañana un cambio radical: el pasar de un presente permanente a la necesidad de tener futuro.

Berlín-Oeste siempre provocó en la vieja RFA discusiones feroces. Hubo voces críticas que hablaban de la ciudad como de un parque infantil para jóvenes provincianos que se dedicaban a vivir una pubertad interminable. Pero en el fondo se trataba de un problema diferente: nadie sabía qué hacer con ese pasado monstruoso en ruinas, con ese horror que había impregnado cada piedra de la ciudad. La fealdad de lo que había quedado era tan insoportable que pocas personas, por ejemplo, se atrevían a hablar de la belleza de la ciudad antes de la guerra. Era sicológicamente imposible concederse esa libertad y se sobrevivía bajando notablemente la temperatura. El pasado, ese bloque impenetrable y amorfo, fue depositado justamente en un cierto racionalismo frío que dominó el espacio urbano a partir de los años 50 en los dos Berlines. La belleza se envenenó tanto de pasado que provocó un gran desamparo, y terminó desembocando en una estrategia de neutralizar y negar: las ruinas no fueron reconstruidas, es decir, no hubo enfrentamiento con el pasado para incluirlo en el presente, sino que fue borrado. Esa fue la destrucción de Berlín llevada a cabo por los mismos alemanes, y seguramente también una manera de sobrevivir a los desastres de la guerra y de la dictadura impuesta por elecciones democráticas.

Un acercamiento constructivo y vital, el goce inocente de lo que quedaba de aquella grandeza, sólo podían llevarlo a cabo esos jóvenes que llegaron a Berlín ilusionados por las libertades y el espíritu liberal, también por evitar la mili y finalmente animados por la riqueza de los espacios. La desproporción entre el uso tradicional y la nueva colonización de lugares y edificios ya fue en sí misma una experiencia rica y densa, una experiencia pedagógica, estética y de libertad. De repente se habitaba en un piso de 200 metros donde antes había vivido un militar de alto rango; o un colegio de 1910, noble y prusiano, se convertía con inteligencia humboltiana en un centro cultural de organización libre y autónomo.

El mérito de que Berlín se transformara en ese parque temático, real y auténtico, y de que pudiera trasmitir esa productividad vital, que siempre guarda su toque de severidad prusiana, fue de los jóvenes que emigraron allí.

También de algunas cabezas, como el arquitecto Josef Paul Kleihues, quien entendió rápidamente que el movimiento okupa de los años 80 era la mejor forma de defender el patrimonio y formar una población comprometida con el centro de la ciudad. Una gran parte de aquellos bloques berlineses, con sus patios y construcciones bellas y sostenibles, se han conservado gracias a estas operaciones. La libertad en medio de las ruinas de la ciudad europea, esos restos de una modernidad que no se había despedido de su pasado, recupera ahora su actualidad en las nuevas ideas urbanísticas, poniendo en cuestión la práctica de una demolición masiva que pretendía sugerimos que el futuro sólo es un problema de organización.

Berlín se convirtió en aquellos años en un paisaje de ruinas romántico y moderno, de pequeños jardines idílicos en los patios, de calles vivas, una convivencia como en los salones literarios. Surgieron diversos tipos de existencias, siempre a un nivel económico bajo, pero que se podían mantener sin trabajar mucho. Tener tiempo fue un elemento esencial y seguramente uno de los factores comunes más destacados en la ciudad separada por el muro. Vivir en un piso de una habitación, con el baño compartido en la escalera, y leer durante años la Lógica de Hegel; escribir, disponer de talleres en edificios industriales de comiénzos de siglo, permitía la existencia de innumerables artistas y universidades altamente subvencionadas y democratizadas que mantenían a miles de académicos. Todo el mundo se reunía hasta la madrugada, en los bares sin hora de cierre, para discutir las últimas estrategias políticas. Si los jóvenes alemanes de la RFA sentían ese odio desesperado contra la generación de sus padres, contra la cultura y la historia de su país que incluso les llevaba a preferir no ser identificados cuando estaban en el extranjero, en Berlín-Oeste encontraron algo similar a una terapia, una chispa de esperanza de que a pesar de haber matado a millones de personas en los campos de concentración, podía reconciliarse en un sentido muy personal y biográfico.

Berlín vivía entonces un presente permanente sin ningún futuro. La gente envejecía sin dejar de leer a Hegel. El muro protegía y aislaba, era ridículo y perverso. La mayoría lo veía como algo extraño pero divertido, siendo al mismo tiempo algo muy especial. Era una esquizofrenia a la que uno se acostumbraba sin pensar en el coste. Cuando cayó el muro, mucha gente de Berlín-Oeste empezó a sentir vergüenza al darse cuenta de que entre el anti-anticomunismo provocado por la derecha alemana y la utilización de Berlín-Oeste como un parque temático altamente subvencionado, uno había sufrido un grado notable de ceguera. Se comprendió entonces que las acciones de Petra Kelly, encadenándose para protestar en la Alexanderplatz, habían sido algo muy singular, que se sentía una mayor vecindad con Italia y Francia que con Polonia, Letonia o Rusia, y que el llamado Este era un espacio amorfo sin geografía en las cabezas de la gente.

Puede decirse en cualquier caso que Berlín es el lugar donde más falta hacía el fin de la posguerra y que después del 89 es también el sitio donde el puente entre futuro y pasado, entre este y oeste, tiene realmente cimientos.

Por eso Berlín sugiere hoy que es el lugar donde se produce el futuro y donde se puede además hablar del pasado. Los dos Berlines fueron un caldo singular para las biografías, las existencias y la memoria, por lo que no sorprende que este territorio real y simbólico se haya convertido en una esperanza, en una sugestión, en una ilusión: "Aquí empieza el futuro, aquí nos bajamos".

Christoph Strieder, filólogo y ensayista.