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"La vida -decía Kierkegaard- sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, aunque deba ser vivida mirando hacia adelante, o sea, hacia algo que no existe" Claudio Magris El Danubio.
Una visita a Weimar como la que tuve ocasión de hacer este último verano sirve para revolver los sentimientos de todos cuanto tenemos algo que ver con Alemania. Es obvio que todo país tiene sus ciudades especiales; ciudades que de alguna forma están destinadas a jugar un papel especial en su historia. En el caso de Alemania, una de estas ciudades es, sin duda, Weimar. Y lo es por dos razones puramente simbólicas, pero decisivas para cobrar una adecuada comprensión de la identidad alemana. La primera tiene que ver con algo casi casual, el hecho de que el mayor literato en lengua alemana, Johann Wolfgang Goethe, la convirtiera en su residencia desde sus 27 años, en 1776. Esta ciudad contaba entonces tonces con apenas seis mil habitantes. Poco después acabó residiendo allí el segundo de los grandes hombres de letras alemanes, Friedrich Schiller. Esto no hubiera dejado de ser una casualidad sin mayor trascendencia de no ser por la importancia que tuvieron la lengua y literatura alemanas para el proceso de unificación de este país. Ningún otro ha vinculado su identidad nacional de una forma tan explícita a la propia literatura, y dentro de ella a dichos poetas totémicos.

La segunda razón es ya exclusivamente política. Weimar acogió la proclamación de la primera constitución democrática de la historia alemana en julio de 1919. Fue una constitución producto de un difícil pacto entre el Partido Socialdemócrata, el Partido Demócrata de origen burgués, y el bloque del Centro. Nació con muchos problemas, y de hecho, algunos diputados se ausentaron de la votación. Pero aparte de dichos escollos, lo cierto es que Weimar se identifica con la república creada por la asamblea constituyente allí reunida. Y, por extensión casi inevitable, al sueño frustrado de una "normalización" democrática alemana que no se conseguiría hasta el final de la Gran Guerra. Hitler fue el verdugo del orden constitucional, el "negador" del orden de Weimar. Y casi como muestra física de tal negación hizo construir en sus afueras el campo de exterminio de Buchenwald, curiosamente un bosque por el que Goethe amaba pasear. La mayor anomalía de la historia de Alemania, su marca de Caín colectiva, surge, pues, como oposición al espíritu nacido en esta pequeña ciudad.

Se dirá que una cosa -la herencia clásica de la literatura alemana- no tiene nada que ver con la otra -el sueño frustrado de un régimen constitucional-. Incluso puede entenderse que ambas ideas se oponen. En definitiva, contrariamente a lo ocurrido en la historia de otras naciones tardías, como los Estados Unidos, Alemania se funda sobre el mito de la lengua y la raza unitaria. Y uno de los factores que propician el nacimiento del nazismo es, precisamente, la hiperbolización del sentimiento nacional asociado al temor comunista y al victimismo de la patria herida que comienza a extenderse después del tratado de Versalles. Mis reflexiones cuando paseaba por esa maravillosa ciudad se encaminaron, sin embargo, por otros derroteros. Con sorpresa descubrí cómo eso que vengo llamando el "sueño de Weimar", la Alemania democrática, encaja como un guante en la propia labor política llevada a cabo por Goethe en la pequeña ciudad a la que le guió la invitación de su regente para ocuparse de diversas labores de gobierno. Entre ellas estaban la educación, el sector minero, la política fiscal, la regulación fluvial y el ejército. No hace falta decir que el poeta se dedicó a ello con plena euforia ilustrada y agradeció la posibilidad de poder compaginar su labor literaria con actividades más mundanas pero de indudable repercusión sobre la vida cotidiana de las personas.

Ignoro hasta qué punto consiguió realizar una buena labor al ocuparse de tantas y tan heterogéneas tareas, y no es nuestro objetivo aquí el ver cuáles son las dificultades con las que se encuentran los intelectuales en la política práctica. Para el tema que nos ocupa sí parece de interés, sin embargo, detenerse en la forma en la que abordó la cuestión militar. Porque su propuesta iba claramente encaminada a deconstruir el pequeño ejército del Principado de Carlos Augusto y reciclarlo para llevar a cabo fines distintos a los del guerrear propiamente dicho.

Su primera medida consistió en reducir el número de efectivos a la mitad, a unos 250, para atribuirles funciones de policía y mensajería. No ya sólo como medida pragmática dirigida a conseguir una reducción del presupuesto (no olvidemos que era también ministro de hacienda), sino por eso que hoy calificaríamos como "motivos ideológicos". El autor del Werther era un antimilitarista convencido, y a lo largo de toda su vida denostó la guerra como la mayor aberración humana, como una verdadera "enfermedad de la humanidad", que sólo servía para devastar los recursos que eran tan necesarios para su salud y mantenimiento. No es preciso decir que este "desarme unilateral" estaba llamado al fracaso. Por influencia directa de Prusia, su patria de adopción se vio inmersa en la coalición alemana que emprendió la guerra contra la Francia revolucionaria. Y la reflexión de Goethe al respecto no puede ser más atinada: "Correremos a hundirnos con la horda -Europa necesita una guerra de treinta años para convencerse de lo que era razonable en 1792". Pronto llegó a la conclusión, además, de que "a mandar se aprende con facilidad, a gobernar ya es más difícil". No puede decirse que Goethe fuera un demócrata antes de tiempo, pero sí tenía claras algunas de las nociones del buen gobierno republicano: la concordia entre las clases, la necesaria solidaridad de los poderosos con los más menesterosos, la imprescindible educación popular para asumir responsabilidades cívicas; y, como estamos viendo, la necesidad de no caer en aventuras autodestructivas.

La previsión de Goethe acabaría por ser mucho más optimista de lo esperado. Algo más de un siglo tardaría Alemania en trasladar los principios de la Revolución Francesa a un texto constitucional. Promulgado precisamente en su patria de adopción. Y es bien conocido el destino que le aguardaría. Al final hubo que esperar a una derrota y ocupación militar para revivirlos y aprender de sus propios errores. Aquella nación que nuestro autor contribuyó a formar con su inigualable dominio de la lengua común encontraría su ruina al caer en la insensatez bélica, al no escuchar ese otro mensaje de un joven político y literato afincado en Weimar. Desde luego, es mucho más conocida su vida literaria y sentimental, que magistralmente reflejara Thomas Mann en Lotte in Weimar, pero su pueblo hubiera recibido un legado tan importante o más si hubiera atendido más al aprendiz de político que nunca dejó de advertir de la vesania de la guerra y de la necesidad de implantar principios de gobierno más en armonía con la razón. Siempre se dijo de él que supo combinar un alma de poeta con la frialdad del inquisidor científico. Suele olvidarse esa otra dimensión suya que asocia la política a la ética y a la responsabilidad.

Hoy Alemania camina por primera vez segura de sí misma. Ello se debe en parte a la reconciliación con su propia historia. No es casualidad que esta normalidad democrática se busque afianzar aún más intentando trasladar la lealtad a la nación alemana a los principios políticos reconocidos en su Constitución. Es lo que propone el "patriotismo constitucional" que defienden R. Sternberger y J. Habermas. Ni que esta nueva seguridad adquirida se vincule también directamente a su incorporación al proceso de unidad europea. Esto forma parte del duro proceso de aprendizaje al que fue sometido el pueblo alemán a lo largo del s. XX, y en esta decidida incorporación a Europa tiene mucho que ver el temor al propio nacionalismo.

No deja de ser curioso que este giro rompa de lleno con el ideal de otro importante residente en Weimar, invitado allí como superintendente general por el propio Goethe, el filósofo Johann Gottfried Herder. Como Goethe, fue uno de los creadores del movimiento literario romántico del Sturm und Drang, aunque sus ideas políticas están en la base de casi todo el nacionalismo europeo. A decir de Sloterdijk, fue el "iniciador de una teoría de las culturas humanas como formas de organización de la existencia en invernaderos". Es algo así como el padre del nacionalismo étnico y cultural, aquello de lo que hoy trata de distanciarse su antigua patria, y el más importante impedimento para alcanzar una integración europea auténtica.

Con todas las cautelas, puede afirmarse que, por una de esas ironías de la historia, las ideas políticas que acabaron triunfando en Alemania tuvieron más que ver con este último personaje de Weimar que con quien mejor supiera construir su lengua. A Friedrich Nietzsche -que está enterrado en Weimar, por cierto- se le imputaría también una cierta responsabilidad en el ideario nazi. Pero al final no son los filósofos ni los literatos, ni siquiera los políticos, los que conducen el destino de una nación, sino su pueblo. Puede afirmarse que esto sí que lo ha aprendido el pueblo alemán, que ha devenido en un gran amante de las libertades y de una concepción cosmopolita de Europa. Y, para bien de todos, sigue adorando a su difícil y bello idioma.

Fernando Vallespín es catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. El futuro de la política es el último de sus libros.