Berlín

 

 

Para mucha gente en todo el mundo, el escritor inglés Christopher Isherwood creó una imagen dramática de la decadencia del Berlín anterior a Hitler en su novela Adiós a Berlín (1939). Claro que la mayoría no sabe de la novela, lo que se conoce mundialmente es el musical Cabaret, que para muchos "hizo" Liza Minelli. Pero este don de hacer creer una cosa por otra fue el gran talento del autor durante toda su vida.

 

Nacido en Kaujbeuren (Baviera) en 1929, su vida es, como su obra, intensa, apasionada, itinerante. Impulsor del llamado 68 en Alemania, buen conocedor del marxismo, desencantado de todas las revoluciones que no fueron, errante por diversos continentes y geografías, personalidad fáustica, y, sobre todo, quizá, como ha dicho Mario Vargas Llosa, incansable y tenaz "agitador de conciencias".

 

Antonio Skarmeta vivió 15 años en Berlín, en una época en que ser "exiliado de Pinochet era más taquillero que ser Robert Redford". Volvió a Chile después de la caída del muro, casado con Nora, una bella berlinesa y ha regresado a Berlín como embajador-poeta, inscribiéndose en la dorada tradición iniciada por Pablo Neruda y Jorge Edwards.

 

De vez en cuando vaya la cafetería del Instituto Ibero-Americano y con una taza de té en la mano me siento junto a los enormes ventarzales. Allí me invade una cierta nostalgia del estudiante despreocupado que, en busca de la redención de las ideas latinoamericanas, se pasaba las horas entre ficheros, libros y fotocopiadoras, y algunas tardes de reflexión junto a estos mismos ventanales.

 

Viviendo en Berlín desde 1966, me había resignado a estar encerrado en una pequeña isla. El statu quo impuesto por la Segunda Guerra Mundial parecía inmodificable. Tenía su encanto asistir a la lenta decadencia de una gran ciudad que se caracterizaba, al menos así la describía entonces, por tener sólo un pasado, anodino, glorioso, terrible, según el momento histórico.