Berlín
Descubrí el sur entre las brumas del norte berlinés. Un sur más racional, pero evocado sin cesar en la vida cotidiana que respiraba la ciudad. Mi Berlín de entonces, el que llevaba hilvanado con vagos trazos literarios, comenzó a desdibujarse nada más sobrevolar sus grandes arboledas.

A finales de mayo la diputada del PDS en el Bundestag Angela Marquardt (30 años) recibe la noticia de que en la Gauck-Behorde, institución donde ahora se guarda la documentación de la Stasi, la Staatssicherheit (Seguridad del Estado), hay actas que la califican como Inoffiziellen Mitarbeiter (IM), colaboradora no oficial. A los 15 años había firmado un acuerdo de colaboración como IM, hecho que no puede recordar. "Leo las actas día a día, hora a hora". Así es la vida de Angela Marquardt desde que le imputan haber trabajado para la Stasi. Ella se da cuenta de que la Staatssicherheit ya desde muy joven la había utilizado y de que sus padres y sus amigos la habían traicionado.

Berlín ocupó un lugar extraordinario en la conciencia colectiva de las dos Alemanias entonces separadas por el muro, esa especie de depósito simbólico de crimen y venganza, abastecido por la mentalidad bélica y competitiva de la guerra fria. La situación de exclusión territorial e inclusión ideológica determinaba la realidad del enclave y también la de Berlin, capital de la RDA. La caida del muro en el 89 constituyó por tanto todo un acontecimiento, algo imprevisto e insospechado que exigió de la noche a la mañana un cambio radical: el pasar de un presente permanente a la necesidad de tener futuro.

La idea dominante del montaje Berlín-Oeste fue la repoblación del enclave de la zona soviética después de la guerra. Esto provocó una situación de grandes contradicciones, en el sentido de que la gente vivía una vida real que en parte era ficción, generando una discusión apasionada. Kathrin Röggla, escritora austríaca que vive en Berlín, denuncia justamente esa apariencia de realidad que la mayoría de los autores también trata como si fuera algo solamente real y no hubiese unas intenciones muy claras de un sistema político y económico y por meras razones de publicidad, y ni siquiera para defenderse del enemigo, lo transforma en un sello de calidad para Berlín, llamado vida real y diversidad de culturas.

En pocos lugares se cita con tanta frecuencia la memoria histórica de la ciudad. Y ello a pesar o, tal vez, a causa de la destrucción casi total de lo que significaba la identidad de Berlín. Primero los bombardeos de los aliados para terminar con el nacionalsocialismo y después, en los años 50, cuando la ciudad antigua o mejor, sus restos a veces notables, es una vez más víctima de un conflicto meramente sustitutivo: la negación de un pasado en ruinas. Desde aquellos años, los conceptos, estilos y convicciones sobre cómo llenar el espacio vacío han sido múltiples. Hans Stimmann, director jefe de Arquitectura y Urbanismo en el Ayuntamiento de Berlín, orienta desde la caída del muro el destino urbanístico y arquitectónico de la ciudad.