Berlín
Entre otras cosas lo que más destaca de la línea brutal del muro es su función como dispositivo para dejar en blanco en el oeste cualquier tipo de conocimiento preciso y detallado sobre el este. Los raros encuentros entre los vecinos, los habitantes de los dos Berlines, estaban marcados por una gran inseguridad. Muchas veces se imponía un cierto tono de consolación arrogante, o el intento desesperado de fingir normalidad. El escritor Thomas Brussig, que nació en 1965 en la capital de la RDA, expresa perfectamente la situación emocional después de 1989: "Yo me crié en la RDA. ¿Acaso por eso no debería gustarme recordar mi infancia?" Su novela Avenida del Sol es la biografia de un lugar a la sombra del muro que comienza con su nacimiento.

ChurchillEn la vida se presentan innumerables ocasiones de dar la propia dirección, y Michael Kuppisch, que vivía en la Sonnenallee, la Avenida del Sol en Berlín, percibía una y otra vez la capacidad de esa calle para suscitar emociones pacíficas, sentimentales incluso. Sabía por experiencia que la Sonnenallee actuaba justo en momentos de inseguridad y de tensión. Hasta la hostilidad de los sajones solía trocarse en amistad cuando se percataban de que tenían que vérselas con un berlinés de la Sonnenallee. A Michael Kuppisch no le costaba mucho imaginar lo que debió de suceder en el verano de 1945, cuando Josef Stalin, Harry S. Truman y Winston Churchill dividieron en sectores la antigua capital del Reich en la Conferencia de Potsdam: entonces la simple mención de la Sonnenallee ejerció su influjo. Sobre todo en Stalin; ya se sabe que los dictadores y los déspotas suelen ser proclives a los delirios poéticos. Stalin se negaba a ceder a los americanos una calle con el hermoso nombre de Sonnenallee, o al menos toda ella. Así que se la reclamó a Harry S. Truman, y éste, como es lógico, se negó. Pero Stalin no cejó en su intento, y muy pronto la situación se agudizó, amenazando con llegar a las manos. Cuando las puntas de las narices de Stalin y Truman casi se rozaban, el primer ministro británico se interpuso entre ellos y, tras separarlos, se situó ante el mapa de Berlín. De una rápida ojeada comprobó que la Sonnenallee medía más de cuatro kilómetros de largo. Por regla general, Churchill estaba de parte de los americanos, de modo que todos los presentes dieron por sentado que negaría a Stalin la Sonnenallee. Además, conociendo a Churchill, seguro que daría una chupada a su puro, reflexionaría un instante antes de exhalar el humo y luego, meneando la cabeza, pasaría al punto siguiente de la negociación. Sin embargo, cuando Churchill chupó el puro a medio consumir, comprobó con enorme disgusto que se le había apagado de nuevo. Stalin, atento, le dio fuego, y mientras Churchill saboreaba la primera calada y se inclinaba sobre el mapa de Berlín, pensó en la manera más adecuada de responder al gesto de Stalin. Cuando expulsó de nuevo el humo, Churchill le cedió al ruso sesenta metros del tramo final de la Sonnenallee y cambió de tema.

Así debió de suceder, pensaba Michael Kuppisch. ¿Cómo, si no, se les había ocurrido dividir una calle tan larga poco antes del final? Otras veces se decía: «Si el imbécil de Churchill hubiera tenido más cuidado con su puro, hoy viviríamos en el Oeste».

Thomas Brussig nació en 1965 en Berlín, capital de la RDA. Su novela Avenida del Sol fue uno de los grandes éxitos también como película