Berlín
"Mi gusto por explorar la ciudad con ayuda del transporte público se lo debo a una distracción al subir al tranvía. En otoño de 1983, recién mudada a Berlín, subí en la parada Kupfergraben, detrás de la Humboldt-Universität, al número 71 en lugar de al número 70, que me debería llevar a la Schonhauser Allee". Esta acción gratuita de un paso que se pierde llevará a Annett Gröschner, nacida en 1964 en Magdeburg, a una expedición de dos años por el paisaje urbano de Berlín. Su mirada etnográfica, su capacidad de extrañamiento ante lo cotidiano genera una especie de cuaderno de viaje cuyos protagonistas son las personas fuera y dentro de los autobuses y tranvías de la ciudad.

Por la tarde la gente saca sus compras del coche. El autobús tiene que esperar. La calle es demasiado estrecha. En la planta de arriba te sacuden fuertemente. Si el conductor intenta desviarse de los baches o de los trabajadores que están poniendo asfalto por el segundo carril, arriba parece como si el autobús se fuera a caer de un momento a otro, o como si volaras por la luna panorámica delante de las ruedas. Finalmente logra pisar la tierra firme que le salva. Pero detrás del puente del ferrocarril al conductor le espera el terror del tráfico de la tarde Y a los pasajeros de arriba, en la segunda planta. La silueta del centro detrás del Spree, flanqueado por el llamado "Treptower", un rascacielos del Seguro Allianz que, debido a la fea publicidad de parecerse a una corona de espinas en el techo, ha perdido su gracia. El autobús entra en el Marktgrafendamm, donde nada es bello o por lo menos nuevo. De algunas farolas cuelgan todavía las pancartas electorales de los Centralistas Amorfos de Friedrichshein, con la abreviatura F.A.Z., un cierto tipo de guerrilla de la broma, que se presentaban sin posibilidades a las elecciones con su candidato principal, Rabus Longus, que ya en la foto no podíaa cumplir la promesa de su nombre. Al contrario que en el barrio Mrtte o Prenzlauer Berg, donde en el futuro próximo todo tipo de anarquía será sustituida por lo chic, Friedrichshein tiene innumerables rincones que enseguida hacen darse la vuelta a los más adinerados buscadores de un lugar fino para vivir. El barrio alrededor de la Rudolfplatz, enclavado entre una vía grande que sale de la ciudad, el tren de cercanías y la entonces fábrica de bombillas, no es un lugar para quedarse, si tu casa no está ahí. En las márgenes del tren de cercanías hay garajes en ruinas y talleres abandonados que ahora han tomado los jóvenes para escuchar música tecno sin ser molestados.

En la parada "Su quiosquero competente" se hace publicidad con un letrero que dice: "Por la compra de trece periódicos regalamos una calculadora solar y un bolígrafo, a partir de tres periódicos se lleva una bolsa de plástico gratis". Y abajo, una señora grita a su hijo que está bajando del autobús: "si no vuelves a casa te doy una tunda en el culo". Un matrimonio mayor aborda la cubierta de arriba con vista panorámica. Para hacer compras se van "a la ciudad" y aquí arriba simulan ser turistas. Todo les es familiar aún. Pero a la vuelta de la esquina puede ocurrir que los másberlineses se sientan como forasteros, porque nunca habían llegado tan lejos.

Una tienda que en el verano había descubierto en la Rudolfplatz parece que ha desaparecido. "Transportes y servicios, desratización y urgencias contra avisperos, palomas y desinsectación", decía en un cartel aliado de la entrada, y en el escaparate había cucarachas muertas para demostrar que al parecer habían sido abatidas por algún veneno. En su lugar "Servicios Rudi" ofrece ocio para la tercera edad, técnicas para hacerse duro a madre e hijo, un consultorio público para el ciudadano con el alcalde de Friedrichshain, además de asesoramiento a inquilinos. Y es que también el nuevo barrio Quartier Rudolfplatz debe embellecerse, lo que siempre significa desalojar a la gente. Justamente aliado un proyecto del inversor Roland Ernst espera que la obra termine: se trata de la "Oberbaumcity" antes de su destrucción por el fiduciario, sede de la fábrica de bombillas "Narva". Sobre el antiguo torreón de la fábrica se han levantado algunos pisos acristalados. Cuando llegué a Berlín existía todavía la publicidad luminosa "Narva, claro como el día". Slogan que en el contexto de las medidas de ahorro de energía cambiaron poco después por el de "Narva, luz a medida". Si todo eso ha merecido la pena, nadie lo sabe todavía.


En: Annett Groschner Hier beginnt die Zukunjt, hier steigen wir aus. © Berlin Verlag, Berlín 2002.


Annett Groschner vive en Berlín. Una destacada cronista de la vida urbana. Su Hielo moscovita del 2000 es una de las novelas más importantes del género Nachwenderoman, novelas posteriores a la caída del muro.