Berlín

 

De alguna manera, la actual discusión sobre el centro de Berlín se debe entre otras cosas a la necesidad de dar a la ciudad una imagen consistente. Porque los berlineses apenas tienen problemas con el centro, pues cada barrio posee sus referencias, sus calles, en fin, su identidad. Este fenómeno, seguramente señal de vitalidad, tiene que ver con la capacidad de hacerse su casa en casi cualquier tipo de circunstancias. Que hasta en el llamado último rincón, entre fábricas y autopistas, haya alguna huella de civilización, se debe a lo que antes se llamaba el proletariado. Katja Lange-Müller, escritora berlinesa (1951), es entre muchas otras cosas la cronista del barrio Wedding, al que tradicionalmente temía la burguesía por su militancia política.

 

WeddingSeguramente es cierto que día a día un par de kilómetros de Berlín este se ven cada vez más como los del antiguo oeste, mientras que otros tantos distritos del oeste se parecen más al anterior este. Pero sólo en las tres barriadas de esta ciudad, Neukölln, Moabit y sobre todo en Wedding, antiguamente teñida de rojo, pero hoy -pese a su mosaico humano multicolor- cubierta de un azul intenso y alcoholizado, existen todavía las Pressluftschuppen, esas tabernas berlinesas que no cierran nunca, ni por horario ni por temporada del año, alumbradas de manera mortecina, pero invitadora; horrorosas, pero acogedoramente amuebladas; con un espantoso olor a encierro húmedo, y que por esos parajes siguen llamándose así a pesar de que, exceptuando quizás a algún que otro superviviente de la generación de la guerra, nadie sabe qué quiere decir eso: Pressluftschuppen.

Probablemente hagan falta estímulos fuertes para querer entrar en algo así. Tal vez sólo tener el sentimiento de una profunda soledad, o penas de amor o aburrimiento o, por lo menos, sed, pero no el suficiente dinero para tomar un taxi hasta el barrio Mitte. Toda esta mezcla es bastante explosiva.

Tres de estos lugares de mala muerte (si conoces tres, los conoces todos) se encuentran directamente en la Leopoldplatz, detrás de la iglesia de Nazaret, entre el Sarajevo, el puesto de asistencia para mujeres y jóvenes Wildwasser, un Café berebere yun indescifrable establecimiento con el nombre de Anadolu Külübü; se llaman Bei Mario, Max y Zwitscherklause. En su inventario se cuentan sendas mesas de billar, discos de tiro al blanco y algunos juegos automáticos. A dos cincuenta el vaso hay bebidas como el Descalabro, Cocos para pobres, Sumidero y, naturalmente, la clásica mezcla de refresco de Cola con brandy, llamada Futschi. Las cervezas se piden como Angelito o Schulti, porque la máxima expresión de actitud amistosa a la que se llega aquí, se limita a un marcado apego al uso del diminutivo. De igual modo que yo, ahora, me limito al Mario.

Entro en él como a las dos de la madrugada. Hace un calor pegajoso a pesar de que no está lleno. Del mini equipo de sonido que hay sobre el mostrador brota una voz que canta "la despedida es una filosa espada...". En una mesa, junto a la barra, están dos hombres jóvenes, con las cabezas afeitadas al rape. Uno de ellos se quita la camisa color caqui y la coloca hecha una bola junto a su vaso medio vacío de cerveza oscura. Si no fuera porque ambos muchachos se encuentran sentados uno frente al otro y, por lo tanto, de vez en cuando se dicen en voz alta alguna palabra, se podría confundir a estos dos rusos con alemanes o con otros cabezas rapadas. A la derecha, junto a la puerta, un hombre gordo, con cara enrojecida, poco experimentado, nervioso y borracho arroja desde una corta distancia dardos hacia el tiro al blanco. En el lado izquierdo de la puerta, tres hombres, dos de los cuales tienen un fuerte acento y el otro habla un dialecto, están entretenidos en un juego de azar. Detrás de las piernas del berlinés, enredadas en las patas de la silla, y cuyos pies están metidos en unas zapatillas de tenis sin agujeros, descansa una gata negra. Yo miro por la abertura de la puerta hacia fuera. Una marta corre por la avenida. La gata, que seguramente la ha visto, salta de su lugar. En eso, un afilado dardo falla su objetivo en el blanco, pero le atina a la minina. Con el dardo clavado en el lomo se abalanza a la calle detrás de la marta; el berlinés detrás de ella. La marta se mete debajo de un automóvil estacionado y lo mismo hace la gata. Los compañeros de juego del berlinés le preguntan al borracho si lo hizo a propósito. Él sacude la cabeza pero, por las dudas, pide otras cuatro Pils. "Bueno, ella sabe donde estoy", grita el berlinés, que por fin regresa a la taberna y, suponemos, se refiere a su gata. Toma una de las cervezas recién servidas de la bandeja que ahora se encuentrá en medio de la mesa, y estira de nuevo la mano hacia la caja de cerillas.

Un hombre flaco, de color aceitunado, entra en la taberna y mete la mano en una bolsa de plástico. "Cajetillas de cigarros, encendedores, Umpra", murmura. Me interesa eso de Umpra, porque no tengo la menor idea de lo que es. Busco mis anteojos y me los pongo pero, para entonces, el Umpra, junto con todos los otros trastos, ya volvió a desaparecer en la bolsa... y el vendedor por la puerta. Un hombre y una mujer, ambos ya entrados en años, se sientan en un rincón bajo la ventana. Un hombre que se encuentra en el mostrador y que hasta ese momento había manipulado en silencio un reloj desarmado, saluda a la pareja en turco. Para los dos hombres se sirve cerveza y para la mujer un café, acompañado de un licor de cereza. El siguiente que nos visita trae una gran bolsa de papel. "¿Quieren salami húngaro? Todo el salchichón sólo por diez". "¿Robado?", prégunta uno de los turcos. "No, connection", contesta el hombre y como nadie quiere comprar, sale de nuevo. Conforme va pasando el tiempo le siguen otros cuatro tipos con las habituales rosas, uno con angulas ahumadas y otro con chaquetas de cuero. Hacia las tres aparece una dama de cabello blanco, sobria, acompañada de un chico de doce años como máximo, igualmente sobrio. Piden refresco de Cola y juegan algunas rondas de billar, en las que se muestran muy experimentados. Una guapa mujerde rizos negros se acerca con largos y elásticos pasos hacia la barra donde estoy sentado, me pide que me corra y luego que le dé fuego.

Me ofrece un cigarro, mira con ojos cansados hacia el vacío, me muestra sus muñecas y dice: "Mi amiga se volvió loca; se cortó por todas partes. Las cosas están llenas de sangre. El médico estuvo allí; ahora duerme". El relojero también duerme ahora, con la cabeza" apoyada en los brazos y el destornillador de filigrana fuertemente apretado en el puño derecho. La abuela y el niño han desaparecido. "Sin pagar sus refrescos de Cola", dice la encargada del bar, una joven y rubia polaca, que sólo bebe jugo de tomate. Detrás de ella, entre las botellas, cuelga un rótulo pintado a mano que reza: "Si los tontos pudieran volar, nuestro local sería un aeropuerto internacional".

En: Jürgen Jacob Becker [ed.) Berlín después del muro. Antología, © Colección Popular del FCE, México, 2002.Traducción: Lucía Luna