Berlín


Alexanderplatz es uno de los grandes mitos de Berlín. Pero el que visita este lugar debe abrigarse porque se trata de un mito frío que apenas concede espacio a la melancolía o a lo sentimental. El mito traza su camino con vitalidad y quizá un pragmatismo inteligente y a veces glorioso. Su fuerza se inscribe en las líneas de César Antonio Molina, viajero de espíritu fino y gran conocedor de la literatura alemana.

Tengo varias postales antiguas en mis manos. En una pone: "Wochenmarkt am Alex um 1880"; era el mercado de bueyes, de lana y de ganado, en la Alexanderplatz de la ciudad de Berlín. La otra foto es algo más reciente, de 1906. Dedicada al zar Alejandro I, cuando visitó la ciudad en 1805, la plaza aquí aparece algo menos campestre y más capitalina. La alta torre del Ayuntamiento, la Rotes Rathaus, como el puente de hierro del ferrocarril que atraviesa la calle rompiendo así la línea del horizonte, enmarcan todo el plano visual. En medio de una lágrima, una pequeña rotonda junto a una farola que divide las vías del tranvía, se ven cinco personas, cinco hombres.

...comienzo a darme cuenta de que la Alex es un cementerio de la memoria. El recuerdo debilita la esperanza, fue Bloch quien lo dijo...

 

Los hombres llevan sombreros y trajes de chaqueta sin abrigos mientras las damas lucen finas camisas blancas. La gente, esos puntos casi imperceptibles, en movimiento o quietos, aguardando, se cuentan con los dedos de las manos.

Casi un siglo después me incorporo a la foto. Trato de adivinar el lugar exacto donde estaba aquella rotonda, y dónde el anclaje de aquella farola. Estoy ya situado y si no fuera por el puente del tren, el edificio de la estación y la alta torre reconstruida del Ayuntamiento, no podría saber si esto es la Alexanderplatz o cualquier otra plaza de un país del viejo telón de acero. La Alex, reurbanizada en 1929, como Döblin relata en su novela, fue destruida durante los bombardeos de la segunda guerra mundial, y pomposamente recuperada en los años sesenta, levantando unos edificios anodinos como el hotel Forum (el antiguo Stadt Berlín) y el Fernsehturm, torre de la televisión de casi cuatrocientos metros de altura construida en 1969 en el mejor estilo del realismo socialista. La plaza es hoy irreconocible: una masa de cemento, vidrio y fachadas sin rostro. Los tranvías siguen circulando y donde estaba el pivote de los anuncios de la postal se encuentra otro más bajo y también más ancho, donde varios relojes dan las horas de la mayor parte de las grandes capitales del mundo, especialmente las de la égida soviética. A mis espaldas, en los edificios que bordean una gran avenida, se reproducen en grandes letras fragmentos de la novela de Alfred Döblin Berlín Alexanderplatz. La plaza grita con ello su memoria.

¿Será Döblin alguno de estos seres anónimos de la postal? Por aquel entonces, este psiquiatra, judío (luego se convirtió al cristianismo), uno de los fundadores de la revista expresionista Der Sturm, militante socialista no marxista, natural del Berlín este y médico del seguro en una consulta muy cercana a esta plaza aún no había cumplido treinta años. Aunque la obra se centra en el período de entreguerras, en 1906 sus personajes, Franz Biberkopf, Reinhold o Mieze, eran ya desde luego mayores de edad, y sus vidas estaban aún libres de culpa. Biberkopf: bonachón e impulsivo, aún tendría sus dos brazos y su pelo. A Reinhold le quedaban por escalar varios peldaños para ser el jefe de una banda de delincuentes que actúan como cualquier empresa capitalista excepto en el ejercicio de la violencia física. Y Mieze, como Cilly y Eva, otros personajes femeninos, luciría su belleza virginal antes de convertirse en una pálida y delicada prostituta, novia de Frank y víctima de Reinhold. Miro a mi alrededor, en la Alexanderplatz, un día de febrero del nuevo milenio, al mediodía, pero no pasa nadie. No, de hecho no veo ni al peón de albañil, ni al mozo de cuerda, ni al presidiario, ni al asesino, ni al que desea ser honrado, ni al vendedor de periódicos, ni al chulo o al proxeneta, ni al que sólo es un pobre diablo. Tampoco hay policía. Sólo a mis espaldas gritan las letras pegadas en las fachadas: "Aire helado, febrero. La gente lleva abrigo. El que tiene abrigo de piel, lo lleva, el que no lo tiene, no lo lleva. Las mujeres llevan medias delgadas y se pelan de frío, pero hace bonito. Los vagabundos se han escondido. Cuando haga calor, asomarán otra vez la nariz. Entretanto, se atizan doble ración de aguardiente, pero qué aguardiente, ni un cadáver quisiera nadar en él. Rumm rumm, golpea la apisonadora de vapor de la Alexanderplatz (...). Ruedan, ruedan los tranvías, amarillos con vagones abiertos, sobre la Alexanderplatz cubierta de madera, es peligroso apearse en marcha...!". Esas obras eran las del metro que acabo de utilizar para venir... ¿Dónde están las panaderias, tabernas, restaurantes, cafés, fruterías y verdulerías, ultramarinos y tiendas de comestibles, dónde las empresas de transporte, las tiendas de pintura y decoración, las fábricas de harinas, los garajes, las compañías de seguros, las sastrerías, los bufetes, las consultas médicas de enfermedades venéreas, el café Mexiko que sustituyó al Mokka-fix y el puesto de libros Casar Fleischlein? En la Alex siempre hace un frío de perros y "el próximo año, 1929, será más frío aún". Año de frío y viento, lluvia y nieve. Hay un viento estepario que recorre la plaza, que se cuela por todos los intersticios. Los grandes espacios abiertos lo dejan correr. Estoy en medio de un cruce de corrientes. La fuerza y el filo de este viento dejan cicatrices. La lluvia es fina, suave, penetrante, como punta de lanza. Circula confundida con la humedad del estrecho, río sinuoso y profundo que siempre está desapercibido. No he visto nevar. La Alex nevada sería un decorado. Eso es este lugar. Y si rodeara una de estas manzanas las encontraría vacías. Pero no hago la prueba y sigo detenido en el mismo sitio, donde supongo estuvo la glorieta, y en ella anclada, la farola. Aquí hoy apenas circulan coches. Pasan muchos tranvías amarillos con parecida numeración y rótulos, pero han cambiado los nombres de las calles de donde proceden y hacia donde avanzan. Sin embargo, tengo el mismo pensamiento que Franz: "Los tranvías van por la calle, todos van a alguna parte, yo no sé a dónde ir". Que los tranvías se hayan conservado -sólo en el lado este- me parece un milagro. Es otro de los pocos puntos de identidad entre mi plaza y la de hace casi un siglo. Estos viejos tranvías me consuelan, pues enlazan el pasado con el presente, mientras yo trato inútilmente de contener el velamen en que se ha convertido mi plano.

La obra de Döblin, como todo lo grande, fue premonitoria. El autor, como ahora lo hago yo mismo, se queja de la remodelación de este lugar al final de los veinte del pasado siglo. Fueron las obras del metro las que levantaron e hicieron que se tiraran edificios como Loeser un Wolff, donde vendían puros y cigarrillos magníficos, o los grandes almacenes Friedrich Hann, la papelería Jügens, la zapatería Salamander. "Polvo eres y en polvo te convertirás, edificamos una mansión suntuosa, y ahora en ella no entra ni sale nadie. Así se hundieron Roma, Babilonia, Nínive, Aníbal, César, todos se hundieron, oh, piensa en eso (...). Esas ciudades cumplieron su finalidad, y ahora pueden edificarse otras nuevas...". Tiene razón Döblin, ¿qué puede nuestro llanto por un espacio así transfigurado, ante la desaparición de Roma y Babilonia, o el mismo Berlín? "¡Berlín! ¡Berlín! ¡Berlín! Tragedia en el fondo del mar, submarino hundido.

La tripulación se asfixia. Y si se asfixian están muertos, nadie los llorará, es cosa pasada, se acabó, borrón y cuenta nueva...", dice oracularmente Döblin influido por la grave situación alemana al finalizar la primera guerra mundial: la inflación galopante, el empobrecimiento de la clase media industrial, los levantamientos populares, como el de los espartaquistas de 1919, y el cada vez mayor enfrentamiento entre los comunistas y la esvástica. "Queridos hermanos y hermanas que pululáis por la Alex, disfrutad de este momento". Yo añadiría: de cualquier momento, de este mismo en el cual estoy ahora. Me encuentro sumergido en plena poesía nihilista, plantado en medio de lo transitorio. El mundo, como la Alexanderplatz, como la vida, se levanta sobre una construcción y destrucción simultáneas. La ciudad es un cuerpo que nace, crece y muere. Vamos perdiendo su rastro, nos duele por albergar nuéstro recuerdo. Porque las cosas son nuestra memoria, como nosotros somos su referencia, "y Franz empieza a contemplar esta ciudad como un perro que hubiera perdido su rastro". Nos creemos nominados por la historia, pero somos sólo masa anónima: hombres, mujeres y niños (como los de la postal de 1906, como los de la novela de la Alex, como los que ahora pasan a mi lado creyendo que este instante durará, como también yo aún lo creo). El viento soplará sobre nosotros: polvo y desdén.

A Döblin le encanta narrar las redadas de la policía. Quizá le vale para tomar aliento entre las gentes que abarrotan los inmuebles desde los sótanos hasta los desvanes, inquietando las calles a su paso. Si una redada se produjera ahora, sólo se llevarían detenidas a unas cuantas almas inocentes. Comienzo a darme cuenta de que la Alex es un cementerio de la memoria. El recuerdo debilita la esperanza, fue Bloch quien lo dijo. Somos almas débiles, somos almas perdidas. "Tampoco hay que ir demasiado a los cementerios, allí se enfría uno", sigue escribiendo Döblin. Empiezo a quedarme congelado en la Alex. Suceden tantas cosas aquí, en este lugar varado en el mundo. Lo importante es estar ahí, aunque no sea sino la geometría de un pensamiento transeúnte. "Hacia la libertad vamos, vamos hacia la libertad, el viejo mundo ha de hundirse, despierta, brisa matinal."

César Antonio Molina es escritor, director del Círculo de Bellas Artes de Madrid y profesor universitario.