Berlín
Descubrí el sur entre las brumas del norte berlinés. Un sur más racional, pero evocado sin cesar en la vida cotidiana que respiraba la ciudad. Mi Berlín de entonces, el que llevaba hilvanado con vagos trazos literarios, comenzó a desdibujarse nada más sobrevolar sus grandes arboledas.

La severidad arquitectónica que esperaba, pronto fue eclipsada por la imagen de una ciudad construida sin estridencias, bajo un riguroso sentido de la medida. Tan sólo me pareció hallar un único y generoso exceso en el raudal de espacio que disfrutan calles y aceras, que en los antiguos barrios residenciales supera incluso a la altura de los edificios, y en la abundancia de árboles y zonas verdes que se cuelan hasta el patio de los Siedlungen. Esa sensación y el saber de la presencia privilegiada, constante del agua, no me abandonaría ya nunca, ni cuando años más tarde contemplaba el ordenado infierno en obras de Potsdamerplatz, hoy farolillo encendido que ilumina el Berlín nocturno y cuyo alcance real aún desconocemos.

Ritmo tranquilo, que no lento, de los berlineses. Aunque sin inconstancia, la característica laboriosidad centroeuropea se percibe aquí como algo secundario y la máxima velocidad que parecen querer alcanzar los ciudadanos es la que permiten sus bicicletas. Y es que Berlín goza de sí misma, ha sabido hacerla -y ese es el mayor asombro- incorporando con pragmatismo cuanto de buena vida se han llevado consigo hasta allí colectivos sociales diversos y lejanos.

Una ciudad que desde el norte, tantas veces gris, no está dispuesta a perderse los placeres que puede depararle el sur.

Como si la raíz de las higueras y vides cortesanas de Sanssouci, delicadamente cobijadas de los hielos en el palacio-bungalow de Federico el Grande, hubiera logrado alcanzar el espíritu de la ciudad y ganarlo definitivamente para el sol. Ni el frío ni la lluvia, a veces obsesivos, consiguen evitar esa tenaz defensa berlinesa de una vida más sureña, al aire libre, donde la gente se encuentra en los cafés o los patios de vecindad. Lo familiar logra así relegar el anonimato de la vida cotidiana que impone toda gran urbe y una fina red de lugares extravagantes, ganados con imaginación al vacío, se ha ido tejiendo en el entorno urbano hasta convertirse en lugares de costumbre, románticos a veces, que propician espacios para la intimidad.

El horizonte de Berlín se debate también entre otros puntos cardinales: este y oeste se enfrentan, conviven y amasan aquí sus contradicciones, aunque una suerte de gracia que se respira en la ciudad ha logrado superar incluso el espectro del muro, que ahora es preciso rastrear como un mito del pasado. Los propios ciudadanos juegan a adivinar, con sentimientos encontrados de nostalgia y horro!, la línea exacta que durante años dibujó el perfil de sus vidas.

Pero esa "gracia", mezcla de libertad y resultados objetivos, donde lo excéntrico y lo familiar se avienen con gusto, ha logrado alcanzar el estatus de forma de vida y hoy representa el estilo genuino de lo berlinés. Un estilo que pinta de rojo los labios de las chicas y logra reverdecer en los movimientos alternativos, e impregna el modo de vivir de una ciudad que comienza a exportar su marca.

Berlin

Concha San Francisco es periodista.