Berlín

 

Viviendo en Berlín desde 1966, me había resignado a estar encerrado en una pequeña isla. El statu quo impuesto por la Segunda Guerra Mundial parecía inmodificable. Tenía su encanto asistir a la lenta decadencia de una gran ciudad que se caracterizaba, al menos así la describía entonces, por tener sólo un pasado, anodino, glorioso, terrible, según el momento histórico.



Habitar una ciudad que pertenecía a dos mundos, con ninguno de los cuales me identificaba, permitía desarrollar una conciencia crítica respecto a lo que ocurría a ambos lados del muro. Dentro de una izquierda bastante ilusa nos afanábamos en construir una síntesis ideal en la que se recogiera lo positivo de ambos: la libertad de occidente y la seguridad, en el puesto de trabajo, en los servicios sociales, del Este, que se autodenominaba "sector democrático", así como el occidental decía pertenecer al "mundo libre". Trabajaba en la Universidad Libre de Berlín, rótulo que indica su pertenencia al mundo occidental, como la Emisora Libre de Berlín, que llevaba la radio y la televisión de Berlín occidental. La Asociación Democrática de Mujeres, qué duda cabe, estaba en Berlín oriental.

El 9 de noviembre de 1989 nos cogió a todos, Jefes de Estado y gente de la calle, por sorpresa. Serían las siete de la tarde, cuando me llamaron del programa Hora 25, de la Cadena SER, para pedirme una entrevista sobre la apertura del muro. Expuse mis dudas sobre la veracidad de la noticia, hasta tal punto era increíble que una República, recién liberada, que sólo podía subsistir negociando con la República Federal las condiciones de la apertura de la frontera, cediera sin más en punto tan capital. Lo que más temían los alemanes occidentales era una invasión de ciudadanos orientales, como la que se produjo aquella noche. Lo milagroso ocurrió a la madrugada, cuando la mayor parte de los berlineses orientales, sin pedir asilo, volvieron a sus casas, seguros de que el muro ya no volvería a cerrarse.

Un Berlín abierto, adscrito a dos Estados, fue el único con el que me identifiqué plenamente; no duró ni un año. En el Parlamento de Bonn, Berlín ganó la batalla decisiva: recuperar la capitalidad de la Alemania unida. Un Berlín unido sin Gobierno ni Parlamento, difícilmente hubiera podido sobrevivir. Y aun así, Berlín es una ciudad en quiebra, sin capacidad económica para financiarse. Los dos Berlines han vivido 40 años de las subvenciones, una droga que crea hábito. ¡Quién hubiera dicho en 1938 que, a finales de siglo, la producción industrial de Madrid superaría con creces a la de Berlín!

La ciudad quedó administrativamente unida, pero hasta ahora la gente ha mantenido sus diferencias. A los berlineses occidentales les ha costado mucho perder sus privilegios, desde fiscales a gozar un descenso anual de 50.000 habitantes -si alguien de fuera paga, cuántos menos seamos, mayor es la parte que toca a cada uno-, lo que significaba vivir sin problemas de circulación ni de vivienda, además de disponer de buenos servicios públicos: Berlín occidental era el escaparate del mundo capitalista y hasta la contracultura de Kreuzberg, que en aquellos tiempos adquirió cierta relevancia internacional, estaba subvencionada.

Aquel Berlín occidental, de funcionarios, estudiantes y jubilados, ha desaparecido por completo. El Berlín oriental, donde se concentraban los funcianarios de la RDA, ha vivido la experiencia más insólita, asistir al desplome del Estado a cuyo servicio se trabaja. Se comprende que los funcionarios que se han quedado sin Estado no hayan tenido fácil reinserción y que vivan de la nostalgia del pasado. Los nuevos berlineses, los que han llegado a un Berlín ya unido, apenas pueden entender a los viejos berlineses, encerrados en los prejuicios que en su día alimentaron privilegios bien tangibles, aunque ya definitivamente idos. Berlín ha resultado así una ciudad harto especial: sus moradores han acumulado experiencias tan distintas como intransferibles, lo que les impide comunicar entre ellos.

De ahí que los recien llegados se sientan los verdaderos dueños de la ciudad y, sin duda, terminarán siéndolo. El Berlín que nació con la unificación cada vez tiene menos que ver con los dos Berlines anteriores. El destino de esta ciudad es haber sufrido en varias ocasiones desgarrones que la cortaron de su pasado inmediato, Ojalá haya sido el último, aunque hay rasgos, y éste es uno de ellos, que parece que imprimen carácter.

Ignacio Sotelo es Catedrático de la Universidad Libre de Berlín y de la Universidad de Barcelona. Autor de numerosos libros y artículos periodísticos sobre cuestiones de Sociología, Ciencia Política y Crítica de la Cultura.