Berlín

 

De vez en cuando vaya la cafetería del Instituto Ibero-Americano y con una taza de té en la mano me siento junto a los enormes ventarzales. Allí me invade una cierta nostalgia del estudiante despreocupado que, en busca de la redención de las ideas latinoamericanas, se pasaba las horas entre ficheros, libros y fotocopiadoras, y algunas tardes de reflexión junto a estos mismos ventanales.


En esa época, mi Berlín, una isla rodeada del gris sucio del ambiente intoxicado por el carbón mal quemado, la triste apariencia de las casas medio caídas, los agujeros de las ventanas que asomaban hacia occidente tapados con ladrillos y cemento. Parecía como si los edificios hubieran cerrado los ojos por la vergüenza que sentían de tener que mirar todo el tiempo el muro, que discurría en leves curvas frente a sus caras. El terreno baldío minado, soldados patrullando con sus perros, otros apostados en altas torres, rifle en mano. Era el tiempo de las autopistas por donde se cruzaba el este, con límite de velocidad y patrullas que controlaban y castigaban el más leve exceso de velocidad. Carreteras en tan mal estado que costaba mucho llegar con la carrocería íntegra y no sólo con el volante en la mano. Era también el tiempo del Reichstag en ruinas, de la Puerta de Brandenburgo con la cuadriga mirando en dirección opuesta, de la Calle del 17 de Junio que terminaba en el Muro pintarrajeado; de turistas curiosos parados en la tarima de madera frente a la puerta de Brandenburgo para poder hurgar con mirada clandestina en el terreno prohibido, y de apresuradas visitas al otro Berlín. Friedrichstrasse, un pasillo con espejos en todos los lados, agentes taciturnos, que con su mirada de párpados entrecerrados trataban de descubrir entre los viajeros al espía, al enemigo del socialismo. La compra obligatoria de divisas - 25 Deutsche Mark - y la exigencia de malgastarlas: en salchichas de Turingia con rebanadas de pan blanco que sabían a cartón, en libros de toda índole y finalmente hasta en un montón de partituras para la novia; y sorprendente porque al final todavía me quedaban 10 Deutsche Mark.

Ahora en los ventanales de la cafetería del Instituto Ibero-Americano se reflejan el café color ocre y la tenue terracota de los edificios nuevos, se respira el aire fresco y cosmopolita del lujo de los restaurantes y bares en las novísimas calles, se percibe lo imponente de los despachos y oficinas donde gente joven y progresista labra la argamasa del futuro Berlín, se oye el incesante tacóneo de turistas curiosos. Y mientras sigo pensativo el devenir de mi historia personal, contemplo la arquitectura de los edificios de Hans Scharoun, de línea clara en gris natural, y con cierta nostalgia me percato de que han perdido un poco el carácter imponente que antaño poseían en mi Berlín de los años 80.

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Günter Maihold es director del Instituto Ibero-Americano, Berlín